(texto escrito una noche de abril del 2012)
La tienes enfrente, perfectamente molida, cuidadosamente amontonada, desafiante, impoluta. Unos pocos e inofensivos centímetros de polvo de hadas, de dulce veneno que delicadamente vas a respirar. Parpadeas, te tapas el orificio izquierdo de la nariz, te acercas sigilosamente, cierras los ojos y dejas que tu violenta inspiración borre, de izquierda a derecha, esos pocos e inofensivos centímetros de polvo de hadas.
Abres los ojos...
y sientes ese olor seco, ese aroma sintético que viaja aspirado por tu tabique nasal y que perfora el cerebro hasta conquistar tus neuronas. Por unos momentos, tu nariz deja de percibir cualquier olor, tu olfato se tapona por el cosquilleo efervescente de ese embriagador sabor químico. Cierras los ojos, te frotas la nariz, recuperas el olfato, sientes una leve presión en el tabique nasal, abres los ojos y... ya no hay marcha atrás. Tu corazón, tu tacto, tu vista, tu sexo, tus orejas, tu cerebro, tus pies, tus pensamientos, tu boca, tu conciencia y todo lo que te rodea cambia de compás, te penetra la euforia por todos los poros de tu piel. Eres perfectamente consciente de todo, pero te dejas llevar. Ahora tu mente responde a otro tú. Deja atrás lo que eres, por un momento, vas a volar.
Y vuelas
y sigues volando.
un día, otro día,
Y vuelas,
y te gusta volar.
Eres genial cuando vuelas.
Y volando sientes, volando te excitas, volando te enfureces, volando te diviertes.
y no quieres dejar de volar, nunca.
Y repites una y otra vez.
Adicto yo? No! Dejame volar!
Y vuelas.
Y, por auto-obligación, vuelas.
Y estas cansado de volar,
pero no sabes como aterrizar
Porque o estas volando o no sabes ni andar.