Coger el tren a altas horas de la
noche, te hace ser una persona desconfiada hasta un punto delirante.
De golpe, pareces un espía del Stasi,
que analiza los movimientos y las intenciones de todos los pasajeros
del vagón, tu vista no para de enfocar a diferentes puntos, donde
parecen haber los sospechosos de un crimen que tiene un 99,9% de
posibilidades de que nunca se vaya a cometer.
Una mezcla de miedo y estado de alerta
constante, te obliga a adoptar una postura de defensa un tanto
incomoda. Abrazas tu mochila, te aíslas con la ayuda de tus
auriculares, expresas una seguridad falsa y te quedas inmóvil,
procurando que nada ni nadie note tu presencia.
Una de esas noches, en el tren, me
atreví a sacar el iphone y empezar a escribir para que mi
imaginación me ayudara a hacer más llevadera la tensión de ese
viaje nocturno.
El tren iba suficientemente vacío como
para envolver a todos los pasajeros de un silencio casi incomodo,
eran las 11:30 de la noche. Acabábamos de dejar atrás la estación
en la cual yo había subido. Al aposentarme en uno de esos
incomodisimos asientos de cercanías, empece a observar la gente de
mi alrededor.
Una mujer gorda, rodeada de bolsas de
plástico, se sentaba en las sillas que quedaban a mi derecha, ella
no parecía tener miedo de estar en ese tren desolado. Estaba sudando
pese a que el aire acondicionado del tren era excesivo. Vestía una
camiseta de licra rosa de tirantes y unas mallas negras, ropa que no
solo no disimulaba sino que aún definía más todos los michelines
de su cuerpo. A ella le importaba un bledo la estética. Simplemente
se la veía agobiada de trajinar esa docena de bolsas de plástico
hasta allí.
Detrás mio, había dos hombres de unos
30 años, sentados uno en frente del otro y vestidos con ropa de
trabajo, manchados de yeso y polvo. Eran amigos (o sencillamente
compañeros de trabajo), pero no hablaron ni media palabra en todo el
trayecto. Uno, el más joven, dormía mientras sujetaba su cabeza con
la mano apoyada en la ventana del tren. Y el otro leía un periódico.
Una de esas ediciones gratuitas que reparten por la mañana y que
quedan abandonados sin la más mínima piedad en los trenes de
cercanías.
En la siguiente estación subieron
algunas personas, que se repartieron por el vagon.
Delante mio se sentó un joven, que al
observarlo mi nivel de miedo subió hasta unos limites
incontrolables.
Tenia la cabeza rapada y cubierta por
una gorra cuidadosamente inclinada, llevaba un pirsing en el labio
superior y vestía ropa ancha. Tenia 3 anillos enormes, 2 cadenas de
oro y un cinturón con la hebilla enorme, de esos que son ultima moda
en el Bronx. Para colmo, su teléfono móvil, vomitaba reggeton a un
volumen muy perturbador para el silencio que había. Ni a mi ni a él
nos apetecía escuchar esa música, pero por una extraña razón, ni él tenia intenciones de pararla, ni yo, ni mucho menos, de decirle que
la parara.
Empece a inundar mi mente de paranoias,
mi corazón se helo, mi musculatura se paralizó. Tenia un Latin King
a tres palmos de mi y todo el mundo sabe que un Latin King no es muy
recomendable tenerle a tres palmos.
El me miraba, yo no podía fijar la
vista en ningún punto.
El estaba comodisimo, yo no. Yo estaba
deseando tener súper poderes, porque con súper poderes era la única
manera de defenderme de un posible ataque suyo.
De repente mi corazón empezó a
bombear cantidades incalculables de sangre al ver que rebuscaba algo
en su mochila.
“¿una navaja? ¿Una pistola? ¿un
puño americano?
¿¡¡perdón, un lápiz y una
libreta!!?”
Entonces, el Latin King, empezó a
dibujar y su rostro cambio, se volvió más inocente. Ya no se veían
esos ojos desafiantes.
Por primera vez, lo observe con
ternura, porque transmitía mucha ternura verlo con esa sensibilidad
y ese gusto por lo que estaba haciendo.
Y, en esos momentos, me relajé. No
quería perturbar su momento de intimidad artística.
Fue ahí donde sentí un gran
sentimiento de culpa. Había juzgado a una persona, solo por su
apariencia. Me había dejado llevar por un miedo infundado por la
desconfianza e incluso por los típicos tópicos que tanto critico.
Me sentí tan mal, que decidí
dedicarle este escrito. Porque él, igual que yo, en sus momentos de
soledad se alimenta de su imaginación.