martes, 19 de junio de 2012

IV.



Coger el tren a altas horas de la noche, te hace ser una persona desconfiada hasta un punto delirante.
De golpe, pareces un espía del Stasi, que analiza los movimientos y las intenciones de todos los pasajeros del vagón, tu vista no para de enfocar a diferentes puntos, donde parecen haber los sospechosos de un crimen que tiene un 99,9% de posibilidades de que nunca se vaya a cometer.
Una mezcla de miedo y estado de alerta constante, te obliga a adoptar una postura de defensa un tanto incomoda. Abrazas tu mochila, te aíslas con la ayuda de tus auriculares, expresas una seguridad falsa y te quedas inmóvil, procurando que nada ni nadie note tu presencia.

Una de esas noches, en el tren, me atreví a sacar el iphone y empezar a escribir para que mi imaginación me ayudara a hacer más llevadera la tensión de ese viaje nocturno.
El tren iba suficientemente vacío como para envolver a todos los pasajeros de un silencio casi incomodo, eran las 11:30 de la noche. Acabábamos de dejar atrás la estación en la cual yo había subido. Al aposentarme en uno de esos incomodisimos asientos de cercanías, empece a observar la gente de mi alrededor.
Una mujer gorda, rodeada de bolsas de plástico, se sentaba en las sillas que quedaban a mi derecha, ella no parecía tener miedo de estar en ese tren desolado. Estaba sudando pese a que el aire acondicionado del tren era excesivo. Vestía una camiseta de licra rosa de tirantes y unas mallas negras, ropa que no solo no disimulaba sino que aún definía más todos los michelines de su cuerpo. A ella le importaba un bledo la estética. Simplemente se la veía agobiada de trajinar esa docena de bolsas de plástico hasta allí.

Detrás mio, había dos hombres de unos 30 años, sentados uno en frente del otro y vestidos con ropa de trabajo, manchados de yeso y polvo. Eran amigos (o sencillamente compañeros de trabajo), pero no hablaron ni media palabra en todo el trayecto. Uno, el más joven, dormía mientras sujetaba su cabeza con la mano apoyada en la ventana del tren. Y el otro leía un periódico. Una de esas ediciones gratuitas que reparten por la mañana y que quedan abandonados sin la más mínima piedad en los trenes de cercanías.

En la siguiente estación subieron algunas personas, que se repartieron por el vagon.
Delante mio se sentó un joven, que al observarlo mi nivel de miedo subió hasta unos limites incontrolables.
Tenia la cabeza rapada y cubierta por una gorra cuidadosamente inclinada, llevaba un pirsing en el labio superior y vestía ropa ancha. Tenia 3 anillos enormes, 2 cadenas de oro y un cinturón con la hebilla enorme, de esos que son ultima moda en el Bronx. Para colmo, su teléfono móvil, vomitaba reggeton a un volumen muy perturbador para el silencio que había. Ni a mi ni a él nos apetecía escuchar esa música, pero por una extraña razón, ni él tenia intenciones de pararla, ni yo, ni mucho menos, de decirle que la parara.
Empece a inundar mi mente de paranoias, mi corazón se helo, mi musculatura se paralizó. Tenia un Latin King a tres palmos de mi y todo el mundo sabe que un Latin King no es muy recomendable tenerle a tres palmos.

El me miraba, yo no podía fijar la vista en ningún punto.
El estaba comodisimo, yo no. Yo estaba deseando tener súper poderes, porque con súper poderes era la única manera de defenderme de un posible ataque suyo.

De repente mi corazón empezó a bombear cantidades incalculables de sangre al ver que rebuscaba algo en su mochila.
“¿una navaja? ¿Una pistola? ¿un puño americano?
¿¡¡perdón, un lápiz y una libreta!!?”

Entonces, el Latin King, empezó a dibujar y su rostro cambio, se volvió más inocente. Ya no se veían esos ojos desafiantes.
Por primera vez, lo observe con ternura, porque transmitía mucha ternura verlo con esa sensibilidad y ese gusto por lo que estaba haciendo.

Y, en esos momentos, me relajé. No quería perturbar su momento de intimidad artística.
Fue ahí donde sentí un gran sentimiento de culpa. Había juzgado a una persona, solo por su apariencia. Me había dejado llevar por un miedo infundado por la desconfianza e incluso por los típicos tópicos que tanto critico.
Me sentí tan mal, que decidí dedicarle este escrito. Porque él, igual que yo, en sus momentos de soledad se alimenta de su imaginación.